En ocasiones rompo cosas. A veces sin querer. Otras queriendo. En realidad no le doy mucha importancia. Nunca he tenido la necesidad de explicar por qué hago las cosas. En el fondo pienso que todo el mundo es tan independiente como yo. Y que respeta la independencia de otro de la misma forma. Nunca le he dicho a nadie que yo fuera consecuente o constante.

A veces es más facil dar por sentado algo que se adecúe a tu manera de sentir momentánea. Si investigas y dejas de pensar que todo lo que no sea tu propia circunstancia es horriblemente malo, corres el riesgo de que la realidad destroce tu papel de sufridor irredento. Y el género humano es tan... Que se pone siempre del lado del que hace como que sufre. El que no dice nada suele acabar convirtiendose en el que no merece la pena. A mi es siempre el personaje de la novela que más me interesa.

Tengo demasiadas cicatrices como para que me importen esas cosas. Y alguna experiencia que me demuestra que todo se transforman siempre en lo que debería ser desde el principio. Los errores acaban formando parte de lo que dice de ti tu cara. Y eso es lo que de verdad importa llegados a ese momento. Con toda mi estupidez yo estoy bien. Ya estoy mucho mejor. Ya he lamido mis heridas mientras algunos personalizaban lo que me ocurría en ellos mismos. Como si la vida de todas las personas que conoces dependieran única y exclusivamente de tu interacción con ellas.

En el fondo me gustan los papeles que la gente interpreta. Pero me da pena cuando se los creen.
Yo el primero. ¡Pero que coño! Llevo cuatro meses escribiendo cinco o seis horas diarias, dando clases de teatro a un grupo de personas. Y... soy jugador de rugby. Malo. Pero jugador de rugby