- Paseo por Madrid. Dejo pasar el tiempo. Tengo algunas cosas por pensar. Pero me dejo ir. Para un paleto que deambula por la capital, la Puerta del Sol se vuelve referente. Es el sitio por el que acaba preguntando cuando se pierde. El sitio en el que quedar con cualquiera. Acabas triangulando, sin darte cuenta.

- Bajo desde Gran Vía por Montera. Están las putas que salen por la tele. Contra las que protestan los vecinas respetables que nunca comen pollas. Van agrupadas por nacionalidades. O al menos por razas. Tratan de captar clientes. Se mueven intentando disimular el frio. Mueven las caderas... Dos hombres recios se sienten apabullados. Algunos que no lo son tanto lanzan algún exabrupto. Como si debajo de las botas brillantes y los tangas que aparecen por debajo de los breves pantalones, no hubieran personas dignas de respeto. Sólo son putas. Sólo tratan de tragar un poco de leche caliente para pagar el cola-cao.

- Entro en un bar de la plaza mayor. Pido una caña y un bocadillo de calamares. A pesar de ser la capital, Madrid es de los pocos sitios que conserva esos lugares en los que al cruzar la puerta uno parece viajar atras en el tiempo. La máquina de café se compró el mismo día que los uniformes de los camareros, no menos de 25 años. Encima de ella una bandeja de churros, manteniendo el calor. Y fotos de platos combinados en color amarillento. La conversación de los camareros es trivial. Una señora se empecina en sacar el premio gordo de una máquina tragaperras. Entran dos chicos catalanes, divertidos de su propia condición. Nadie sabe de donde es la señora, ni los camareros, ni yo. Ellos comentan despectivamente lo "español" que es todo. Y miran asombrados que bajo el cristal de la barra hay morcillas. Cada vez estoy más convencido de que el "uniquismo" nacionalisto-patriótico es una venda delante de los ojos de aquellos que no entienden que no hay que regar el desierto para que sea bonito. Recetaría un par de años en Fuerteventura a un montón de gente.

- En la calle hace frio. La sensación que siempre tengo en la capi. Todo el mundo está solo.

- Luego llega ella, y todos los viajes con o sin destino tienen sentido. Todo encaja de repente. Allí en el kilómetro cero, donde nacen caminos carreteras y vidas. Charlamos, me regala un libro. Nos besamos. Y los besos saben como los había imaginado.